viernes, 22 de febrero de 2013

La puerta

Tengo ganas de entrar en una habitación con solo una puerta, una muy grande. Una con colores brillantes y vibrantes, con muchas manillas y cabezas de animales falsos colgadas de esta. Quiero que ésta puerta, con estos colores y estos animales me aventure en una habitación sin muebles ni colores, una sin piso ni cielo. Quiero qué al entrar no haya nada: ni recuerdos, ni memorias, tampoco letras que describan cosas. Quiero que una vez dentro flote y caiga de pie. Quiero qué este al revés y estés tu también. Quiero que tengas sexo. Quiero tu boca sabrosa, bañada en brisa marina; así salada y fresca. Quiero qué tus piernas sean largas y arenosas. Quiero ver el norte de mi país en ellas. Quiero qué tengas vellos artificiales que terminen en puntas de lápices monocromáticas. Me gustaría que tuvieras un torso no muy ancho pero acolchonado entre plumas de ganso fino y nubes del sur. Quiero qué estés vestida con largas mantas de lana antigua, pelusienta y recogida. Apretada por tantos que te abrazaban sin saber que llevabas debajo. Quiero que tus párpados al chocar deslicen mis muslos apretados, nerviosos y cálidos sobre la alfombra que cuelga de la puerta de aquella habitación olvidada. Habitación que no es ésta, pero está muy cerca, casi pegada. Quiero qué tengas ojos enormes, que giren por encima de mis vértebras. Quiero sentirlos mojados marcando su rodar interrumpido entre cada salto. Quiero sostenerlos una vez arriba y rodarlos yo misma. Oye ¿y si conozco mejor tu espalda? No la he visto. Quiero incrustarme en tu intestino. Tus costillas en mi cara, rajándola despacio. A continuación caemos. Y caemos. Veo una puerta a lo lejos. No distingo sus colores pero la siento texturada. Quiero caer en ella. Abrirla con las rodillas. Quiero encontrarte en ella y describirte ahora desnuda.

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